El voto femenino en España

clara-campoamor11Dos mujeres habían sido elegidas como diputadas al comenzar la II República: Clara Campoamor (por el partido conservador Radical de Lerroux) y Victoria Kent (por el Partido Republicano Radical Socialista).  Las mujeres podían ser elegidas pero no ser electoras. La izquierda no quería que las mujeres votaran porque creían que estaban muy influidas por la iglesia y que votarían a la derecha. Por éso Victoria Kent era reacia a otorgar el voto a las mujeres y proponía posponerlo para más adelante. Hubo un debate por varios meses que finalizo el 1 de octubre con una intensa dialéctica entre ambas mujeres y que, finalmente el 1 de octubre de 1931 se aprobó en las cortes el artículo que reconocía el derecho a voto de las mujeres.

Os dejo directamente el discurso de Clara Campoamor de ese día porque merece la pena leerlo:

Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido de pasar, en alguna forma, la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos.

Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he de decir, con toda la consideración necesaria, que no están apoyadas en la realidad. Tomemos al azar algunas de ellas. ¿Que cuándo las mujeres se han levantado para protestar de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres?

¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?

Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis -fijaos bien- afirmando su personalidad, afirmando la resistencia a acatarlos. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral? ¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo.

No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está, y en vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fitche, en 1796, se ha aceptado, en principio también, el postulado de que sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre. Y en el Parlamento francés, en 1848, Victor Considerant se levantó para decir que una Constitución que concede el voto al mendigo, al doméstico y al analfabeto -que en España existe- no puede negárselo a la mujer. No es desde el punto de vista del principio, es desde el temor que aquí se ha expuesto, fuera del ámbito del principio -cosa dolorosa para un abogado-, como se puede venir a discutir el derecho de la mujer a que sea reconocido en la Constitución el de sufragio. Y desde el punto de vista práctico, utilitario, ¿de qué acusáis a la mujer? ¿Es de ignorancia? Pues yo no puedo, por enojosas que sean las estadísticas, dejar de referirme a un estudio del señor Luzuriaga acerca del analfabetismo en España.

Hace él un estudio cíclico desde 1868 hasta el año 1910, nada más, porque las estadísticas van muy lentamente y no hay en España otras. ¿Y sabéis lo que dice esa estadística? Pues dice que, tomando los números globales en el ciclo de 1860 a 1910, se observa que mientras el número total de analfabetos varones, lejos de disminuir, ha aumentado en 73.082, el de la mujer analfabeta ha disminuido en 48.098; y refiriéndose a la proporcionalidad del analfabetismo en la población global, la disminución en los varones es sólo de 12,7 por cien, en tanto que en las hembras es del 20,2 por cien. Esto quiere decir simplemente que la disminución del analfabetismo es más rápida en las mujeres que en los hombres y que de continuar ese proceso de disminución en los dos sexos, no sólo llegarán a alcanzar las mujeres el grado de cultura elemental de los hombres, sino que lo sobrepasarán. Eso en 1910. Y desde 1910 ha seguido la curva ascendente, y la mujer, hoy día, es menos analfabeta que el varón. No es, pues, desde el punto de vista de la ignorancia desde el que se puede negar a la mujer la entrada en la obtención de este derecho.

Otra cosa, además, al varón que ha de votar. No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el diario de sesiones, pude ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación posible y, con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles, declaraba la incapacidad de la mujer.

A eso, un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser, argumento que han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros.

Desconocer esto es negar la realidad evidente. Negadlo si queréis; sois libres de ello, pero sólo en virtud de un derecho que habéis (perdonadme la palabra, que digo sólo por su claridad y no con espíritu agresivo) detentado, porque os disteis a vosotros mismos las leyes; pero no porque tengáis un derecho natural para poner al margen a la mujer.

Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y confía en vosotros; a la mujer que, como ocurrió con otras fuerzas nuevas en la revolución francesa, será indiscutiblemente una nueva fuerza que se incorpora al derecho y no hay sino que empujarla a que siga su camino.

No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo. No cometáis, señores diputados, ese error político de gravísimas consecuencias. Salváis a la República, ayudáis a la República atrayéndoos y sumándoos esa fuerza que espera ansiosa el momento de su redención.

Cada uno habla en virtud de una experiencia y yo os hablo en nombre de la mía propia. Yo soy diputado por la provincia de Madrid; la he recorrido, no sólo en cumplimiento de mi deber, sino por cariño, y muchas veces, siempre, he visto que a los actos públicos acudía una concurrencia femenina muy superior a la masculina, y he visto en los ojos de esas mujeres la esperanza de redención, he visto el deseo de ayudar a la República, he visto la pasión y la emoción que ponen en sus ideales. La mujer española espera hoy de la República la redención suya y la redención del hijo. No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar; que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven; que ha sido simpatía y apoyo para los hombres que estaban en las cárceles; que ha sufrido en muchos casos como vosotros mismos, y que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt de que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella.

Señores diputados, he pronunciado mis últimas palabras en este debate. Perdonadme si os molesté, considero que es mi convicción la que habla; que ante un ideal lo defendería hasta la muerte; que pondría, como dije ayer, la cabeza y el corazón en el platillo de la balanza, de igual modo Breno colocó su espada, para que se inclinara en favor del voto de la mujer, y que además sigo pensando, y no por vanidad, sino por íntima convicción, que nadie como yo sirve en estos momentos a la República española.

 

No me importa tu opinión

Pues sí, me importa bien poco lo que opines. Estoy hartita de algunos comentarios como…”cuidado que éstos son peligrosos y pueden traer una revolución bolivariana”… o… “a mí  es que no me gusta ni el machismo ni el feminismo”… “la derecha bla bla bla y la izquierda blo blo blo… o… Y digo yo, ¿es que acaso opinamos con esa facilidad sobre procesos estocásticos, sobre modelos geocéntricos o heliocéntricos del Universo? O más interesante aún, ¿qué técnicas aplicadas a la conservación- restauración del patrimonio metálico son más adecuadas? ¿Verdad que no?

Te noto un poquito agresiva…

Pues no, en realidad no estoy cabreada. Era para llamar un poco la atención, que últimamente estáis algo dormidos. Pero sí me apetece contaros cómo me siento últimamente cuando la gente se pone a opinar sobre política y “esas cosas”. Y es que por supuesto que todo el mundo tiene derecho a opinar. Sobre todo, si son cosas que conciernen a la vida de las personas, faltaría más. Pero lo que no me gusta es que la gente opine por opinar. Vivimos en un mundo muy defectuoso, y entre esas defectuosidades están las malas informaciones, que en muchas ocasiones vienen provocadas adrede, ya que algunas personas pueden sacar beneficio de ello.

Pero para explicar lo que trato de decir hoy, me voy a basar en un libro que leí cuando estudiaba C.O.U.

Ideas y creencias de Ortega y Gasset.

Ortega y Gasset diferenciaba entre  las ideas y  las creencias. Ambas pertenecen al ámbito cognitivo.

Las ideas son ocurrencias que tenemos, sean de la de la índole que sean. Esas ideas pueden ser científicas, como inventar algo, montar un nuevo negocio, crear un blog, etc. Ideas que producimos nosotros, las sostenemos, las discutimos, las propagamos, las defendemos, incluso en algunos casos hasta la muerte. Esas ideas son obras nuestras.

Las creencias en cambio son otra cosa. Las creencias no tienen que ser sólo religiosas. No llegamos a ellas desde el razonamiento y la argumentación, desde el ámbito intelectual, si no que nos vienen dadas por herencia cultural, por educación. Está directamente relacionado con el post que escribí somos lo que somos, que hablaba de cómo estamos programados.

Las creencias no siempre se dicen abiertamente pero están arraigadas profundamente en nuestras opiniones. Son los supuestos básicos de nuestra concepción del mundo  y nuestro comportamiento.

“Vivimos, nos movemos y somos” en nuestras creencias

“Las ideas se tienen, en las creencias se vive”. 

Curiosamente para la Real Academia española,  una opinión es un dictamen o juicio y si buscas la definición de juicio, en su primera acepción es la capacidad de discernir entre lo verdadero o falso. Por lo tanto, relacionamos nuestras opiniones con verdades. 

Con las creencias en las que vivimos creemos estar en la verdad. Y la verdad es como una naranja, que nunca eres capaz de ver todos sus lados. Haz la prueba…

Porque digo yo, ¿qué es un régimen bolivariano? ¿Cómo se puede hacer afirmaciones contudentes sobre el feminismo sin haberse leído un sólo libro sobre teoría feminista o conocer su historia? ¿Cuando opinamos lo hacemos sobre una idea fundamentada en la argumentación y conocimiento o quizás, no será una creencia?

Por eso, muchas veces no me importa lo que piensas, me importa cómo has llegado a pensar así. Sobre todo, porque si no pensamos igual podrías hacerme cambiar de idea y por lo tanto no sería una creencia inamovible.

Me imagino que todos los españoles queremos vivir en una España que esté bien, que se arreglen todos los problemas que tenemos. Quizás una de las cosas por las que hay que empezar es por la humildad de reconocer que nuestra opinión es sólo eso, una opinión. Y para ello, tenemos que quitarnos todas esas creencias que llama Gasset (y que yo llamaría fundamentalismos) para poder empezar a construir algo en positivo.

En realidad sí me importa lo que opines, sobre todo en este blog. Llegan muchos visitantes pero últimamente muy pocos comentarios… lectores reflexivos… tímidos…

Bueno que… ¿me vas a dar tu opinión?

Prometo leerme este post de vez en cuando para aplicármelo a mi misma. Aunque a veces en algunas cuestiones ya es que entre tantas ideas y creencias me hallo en un “mar de dudas” a la deriva…

Miriam Makeba- Mamá Áfrika

miriam_makebaMiriam Makeba fue una mujer que influyó durante toda su vida en la lucha por los derechos civiles. Nació en Johannesburgo (Sudáfrica) el 4 de marzo de 1932. Hija de un sangoma, un curandero de la tribu de los xhosa pasó su vida en la ciudad de Pretoria. Además de poseer una bella voz y haber sido una gran cantante conocida internacionalmente, para mí, lo que ha sido más importante en su vida ha sido su carácter activista. La música ha sido la fuente canalizadora para luchar contra el apartheid, convirtiéndose en un símbolo mundial de la lucha contra la segregación racial. En 1954 grabó su primer single Lakutshona Llange como vocalista del grupo Manhattan Brothers, donde conocería a Hugh Makesela, quien más tarde se ven su primer marido. En 1959 fundó su primera banda, una formación íntegramente femenina, llamada The Skylarks  donde mezclaba jazz con música tradicional.

En 1959 protagonizó junto a los Manhattan Brothers el músical King Kong. En una de sus actuaciones llamó la atención al cineasta Lionel Rogosin y éste la incluyó en el documental Come Back. Fue entonces cuando su nombre empeaba a sonar internacionalmente. Tras este éxito fue invitada a dar conciertos por Europa y EEUU. Harry Belafonte le pidió que le acompañara para actuar en el Carnegie Hall de Nueva York. Cuando Miriam quiso ir a su país, al funeral de su madre, se dio cuenta que el gobierno sudafricano le impedía regresar a su país. Un  exilio que duraría más de 30 años. En 1963 apareció en Naciones Unidas criticando el Apartheid que se vivía en Sudáfrica y entonces el gobierno sudafricano prohibió todos sus discos. En 1965 fue la primera mujer negra que ganó un Grammy.

Mientras tanto, su fama iría creciendo junto a Harry Belafonte. Llegó incluso a cantar en el cumpleaños de John Fitzgerald Kennedy . Su mayor éxito, sin duda, ha sido la canción Pata Pata. Que seguro todas y todos conocéis.

En 1969 contrajo matrimonio con el activista pro derechos civiles Stokely Carmichael, líder de la organización radical afroamericana Panteras Negras. Desde ese momento, el contenido político de las canciones de Miriam Makeba se intensificó. Y en 1975 trabajó en Naciones Unidas. Con más de 20 discos a sus espaldas a lo largo de su carrera en 1991 consiguió, por fin, cantar en su tierra natal y en 1994 se unió a su primer marido Hugh Masekela en la llamada gira de la esperanza.
Fundó una organización para recaudar fondos para la protección de la mujer sudafricana, recibió varios premios por su lucha. En 1998 publicó su primera autobiografía y en el año 2004 la segunda; Coescrita con Nomsa Mwamuka. El 10 de noviembre de 2008 murió de un paro cardiaco tras un concierto en Italia contra la Camorra.
Su música además de ser una lucha por los derechos civiles, el racismo y las injusticias es una mezcla de tradición, jazz, pop y gospel, entre otras. Vamos, ¡Una auténtica pasada!
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